La Coctelera

Arena

Nos gusta dibujar en la arena mojada de la bajamar, sobre todo en las tardes de agosto, cuando el sol comienza su descenso hacia el poniente. Humedad en el aire y olor a tranquilidad.

Este año la figura estrella es el pulpo cabezón y bracilargo, y el barquito de pesca que se le acerca por la espalda -¿tienen espalda los pulpos?-. Sobre ellos, un sol infantil que sonríe ante la escena.

Sonríe el sol, como sonríe el niño que vende toallas por la playa, orilla arriba y abajo, cargadito y mirando los grupos de veraneantes que tuestan sus carnes al sol -¿risueño?- de la tarde.

A veces, el niño de las toallas se para a mirar nuestro dibujo y los ojos me parece que le brillan. Se detiene, como el sol dibujado, a contemplar la escena de padres e hijos arrojados al suelo y armados de piedritas con las que arañar la arena.

No puedo evitar pensar en por qué le brillan los ojos al niño que vende las toallas y se me ocurre que quizás, no hace mucho, también él dibujaba formas en la arena de la bajamar, en las playas de Tanger o de Nador o de Tetuán. Se me ocurre pensar que, es posible, también él dibujaba soles sonrientes y pulpos y estrellas de mar y, un día, una barca. Y se me ocurre pensar que, jugando, jugando, se montó en la barca de fantasía de la arena del anochecer y la barca zarpó, y el dibujo lo trajo, jugando, jugando, a estas playas del lado opuesto en las que ya no puede dibujar en la arena, sino pasear la playa cargadito de toallas y, de vez en cuando, pararse a mirar cómo pintan las familias sus pulpos y sus soles en la arena de la bajamar.

El bosque

Después de casi año y medio vuelvo a dejarme caer por aquí. Me gustaba este sitio, pero no sé por qué me dio por volver a un lugar anterior en el que no acabé de encontrarme a gusto.

Y después dejé de escribir.

Ahora, sin embargo, he vuelto a tomar la pluma y la libretilla y algo me ha salido. Lo quiero dejar aquí, más que nada para reencontrarme con Fuese y no hubo nada. El relato está sin pulir y todavía necesita de sus buenas horas de lectura y reforma, pero me gusta ver publicadas las cosas que voy escribiendo, aunque después las vuelva a retomar una y otra vez.

EL BOSQUE

La casa que buscaban se encontraba al final del camino en el que les sorprendió la noche. Aquello fue como si alguien hubiera pulsado un interruptor y se apagase el cielo. Azul eléctrico, primero; azul muy oscuro, después; negro, al final. Recuerdan quienes lo vieron que el niño se puso a temblar de frío, de miedo tal vez, al tiempo que la mujer creemos que lo tomó de la mano mientras seguían los pasos de un hombre que, a corta distancia, parecía ser el guía de tan triste expedición.

En tan sólo unos segundos, las manos de la mujer y el niño se separaron, que poco dura la protección cuando la noche llega decidida. Sin estridencias, la mujer fue rezagándose, alejándose del muchacho que la miraba con unos ojos incapaces de verter lágrimas por una pérdida que se le antojaba inexorable. El hombre, por su parte, seguía marchando, y también el niño que, pese al llanto contenido, no se atrevía a apartarse de las huellas que marcaban la ruta hacia la casa del final del camino. La mujer quedó atrás, engullida por una noche dispuesta a celebrar la nueva pieza cobrada con una algarabía de aullidos, rumor de maleza y baile de ramas. Cuando al fin desapareció, la casa aún no asomaba ante los ojos de los caminantes.

Hombre y muchacho quedaron solos en el camino que atravesaba el bosque, devorados por la oscuridad y asaeteados por ruidos desconocidos que se clavaban en sus cuerpos como flechas disparadas por el más diestro y villano de los enemigos. Con los ruidos, con la noche y su soledad, se presentó también el miedo en forma de sombra que recorría los pasillos formados por las hileras de árboles. El niño comenzó a temblar, pero el hombre no se detuvo.

- ¡Papá! No puedo andar más, no voy a llegar a la casa.

Seguía caminando, aunque con pasos cada vez más breves. El padre miró a su hijo, vio su dolor y se dirigió hacia él. No le dijo nada porque no solía hablar mucho, le faltaban palabras y probablemente situaciones en que emplearlas. Solamente tomó su mano y condujo al muchacho hacia un ensanchamiento del camino al borde del cual crecía un árbol junto a una gran roca manchada de musgo verdinegro. Allí pararon, porque el lugar parecía ofrecer una mínima protección frente a las voces del bosque y sus sombras.

Se sentaron, y el padre apoyó su espalda contra la roca, acarició la cabeza del muchacho y éste también se recostó sobre el brazo derecho del hombre. No tenían mucho de qué hablar y sobre lo que verdaderamente les preocupaba en ese momento no parecían tener el valor necesario para nombrarlo. Es seguro que ambos recordaban a la mujer, la madre, recientemente perdida en el camino. Ella había sido siempre el nexo de unión, faro y punto de referencia de la familia. Sin embargo, ya no estaba.

El chico seguía temblando de frío y de miedo. Se abrazaba a la cintura del padre con una fuerza inusitada que reclamaba una protección que el hombre, pese a su deseo, no estaba en condiciones de proporcionar. Silencio y ruido. Frío y oscuridad. Miedo y necesidad de protección. Impotencia. El bosque en todo su esplendor.

Las sombras que antes se veían a lo lejos cada vez estaban más cerca del reducto improvisado en el que hombre y muchacho habían decidido aguantar sus miedos hasta el amanecer. La primera que llegó se estrelló contra la piedra protectora y ese accidente enseñó a las otras cuál era el camino a seguir. Poco a poco, el viento negro móvil del bosque fue tomando posiciones en los árboles cercanos, en el borde del camino y en las inmediaciones de la gran piedra. El niño no hacía más que temblar mientras el padre lo miraba sin encontrar la manera de evitar el peligro indudable que sobre ellos se cernía. La muerte era en aquella noche mucho más que una posibilidad; era una figura con cara de sombra y cuerpo de sombra que se abalanzaba sobre el padre y el hijo con determinación clara y contundente. Por mucho que el hombre cobijase al niño en su seno no podría –lo sabía- evitar la victoria final de tan poderoso enemigo. Sus cuerpos crujían de dolor y miedo mientras la noche, el bosque, la lejanía de la casa al final del camino y los recuerdos ganaban terreno en la batalla.

Cuando todo estaba ya irremisiblemente perdido, el padre comenzó a entonar una salmodia al principio inaudible que fue ganando cuerpo a medida que crecía en entidad. Érase una vez, comenzaba, y tras esas palabras brotaron de sus labios como a chorro las palabras que componían una historia; y con cada frase parece que se levantara una columna; y de cada columna se diría que brotaban vigas que terminaban por sustentar un techo protector. A medida que la historia avanzaba, las palabras, las ideas, los personajes poblaban la ínfima construcción hasta completar un hogar improvisado para padre e hijo. Solamente con la mentira final se cerró la puerta del refugio de palabras. En la mentira del fueron felices pudieron cobijarse hombre y muchacho hasta que la luz del alba volvió a mostrarles el camino largo, pero libre, que conducía a la casa. De las fieras sombras que tan cerca estuvieron de conseguir su objetivo sólo supieron que les seguían a un tiro de piedra, esperando, probablemente, una nueva ocasión en la que lograr su objetivo.

Palabras

Me obsesionan algunas palabras:
vigía y vigilante, soledad,
firmeza, pudor, semblante,
frontera, tiempo y espacio,
calor, pereza, inercia, abandono.

Quisiera construir una catedral con cada una de ellas
o romperlas en pedacitos,
rehacerlas a mi manera
mezclándolas a lo que salga:
pudorpereza, por ejemplo,
inerciasola, quizás.
Romper obsesiones y crear otras nuevas,
seguir viviendo.

Proyectos

Entre mis proyectos a largo plazo albergaba ser
Estibador
Poeta
Nocherniego
Criminólogo.
Pero la vida, su tiempo,
Acabó sustituyendo aquellas ilusiones por otras más humildes:
Matarife
Profesor
Taxonomista
Embustero.
De proyecto en proyecto,
Sin concluir ninguno,
Acortando y alargando plazos,
La marea terminó por abandonarme en la playa.

Ushuaia

Me han dicho que en verdad eres el fin del mundo
¡El fin del mundo!
De un mundo redondo, repleto de finales en cada uno de sus rincones, en sus esquinas.
No te conozco, Ushuaia,
No te conoceré físicamente;
Mis pasos no me llevarán por el puerto gélido,
Mis ojos no contemplarán ni llorarán lágrimas de helor.
Ushuaia, sé que jamás yaceré entre tus senos
Y que el amanecer de azul eléctrico no romperá la virginidad de mi sueño.

Pero me han hablado de ti,
Sobre ti.
Te he visto en fotografías
-Actuales, pero también antiguas, porque eres vieja, mujer, ciudad-
te he saboreado en cada uno de los dulces de la Oma,
te he tocado en rocas y telas.

Ushuaia, no me hace falta pisarte, penetrarte,
Para saber que te fundaron para mí.
Lugar solitario,
Puerto ballenero por el que vagan seres de pasados y destinos inciertos,
Esposa deseada del solitario,
Torreta del vigía que contempla atónito cómo la vida bulle en su derredor.
Ushuaia, fin del mundo,
Su principio, alfa y omega,
Casémonos en la distancia,
Prometámonos amor eterno
Y hagamos un festín de versos, lágrimas, soledades y tristezas.

Latinoamerica

Una gota. Una gota de sudor. Me estoy poniendo malo. Mareado. Es que casi no veo. Tengo la vista nublada. ¿Por qué me está pasando esto a mí? Me lo sabía. Lo decía palabra por palabra:

“El Modernismo está formado por un conjunto de tendencias artísticas que surgen en los últimos años del siglo XIX en”.

¿En dónde coño? Me falta una sóla palabra para que esté perfecto el principio de la contestación. Una palabra. ¿A quién le importa? Bueno, seguro que al tío este que me va a corregir el examen le importa. Seguro que su vida -¡qué exageración, por Dios!- depende de esa palabra. Pensará que vaya con el niñato que no es capaz de haberse aprendido ni siquiera dónde surge el Modernismo, ea, pues suspenso, para que aprenda. Y yo me lo sé. Me sé eso y muchas otras cosas más del Modernismo: lo de que intentan hacer un arte diferente del Realismo triunfante, lo del desacuerdo con la estrechez mental de la sociedad burguesa salida de la Revolución Industrial – esta frase es estupenda- y por supuesto aquello de que emplean diferentes mecanismos para expresar su disconformidad, desde la protesta activa y abierta, como es el caso de José Martí, a las evasiones espaciales y temporales de un Villaespesa en España o de un Rubén Darío y su mundo dieciochesco de jardines, princesas y nenúfares. Todito lo tengo controlado. Palabra por palabra. ¡Me sé el Modernismo de puta madre...! Pero no me acuerdo de dónde nace y sin eso no puedo poner ni una letra más. Estoy atascado como el váter de una caseta de feria. ¡Uf, qué asco de comparación! Párate un momento. Me lo repito, que igual me sale de corrido:

“El Modernismo son un conjunto de tendencias artísticas que surgen en los últimos años del siglo XIX en...”

¿En dónde? ¡Ea, pues escribo un sitio cualquiera y andando! En España. Ya está. Yo creo que es lo más lógico. Al fin y al cabo este es un examen de Lengua y Literatura Española. Espérate. ¿O es en Francia? París era una ciudad muy importante para el arte de esta época. ¿No estuvo Rubén Darío por allí? Además el Simbolismo y el Parnasianismo –que no tengo ni idea de lo que es. Menos mal que no me lo preguntan- creo que dijo el profesor que son franceses y tienen que ver con el Modernismo. Y después está lo del Impresionismo que dice el de Arte. Eso también es por esta época y alguna relación habrá, digo yo. Dejeneur sur le herbe, pedazo de memoria para algunas cosas porque lo que es para otras, nada. Y el tiempo que pasa con su suave caricia. ¡Poeta! Poeta, vuelve al examen... Voy a tachar lo de España. Un poquito de tipex y aquí no ha pasado nada. A seguir pensando. ¿España o Francia? ¿Rubén Darío no era de Nicaragua? Pues eso es. El Modernismo nace en Nicaragua. Esto es una tontería. ¿Dónde surgen los movimientos artísticos? ¿En el sitio en el que nace uno o en el que nacen muchos? Será en el que nacen muchos, por supuesto. ¿O en el lugar en el que viven los escritores y se dan a conocer? ¡Es que no lo sé! Todo esto es una idiotez. Lo que tengo que hacer es dejar en blanco el lugar de origen del movimiento y seguir desarrollando las características y los temas... ¡No puedo! Tengo que poner dónde nace, tengo que hacerlo y tengo que hacerlo ahora. Ya. Se me acaba el tiempo. Uy, otra gota. ¿Sudor o lágrima? Yo ya no sé. Estoy llorando, sudo, me mareo, tengo ganas de mear y no recuerdo una puta palabra que puede ser España, Francia, Nicaragua o sabe Dios. ¿Y si digo Europa? Eso estaría bien. Es muy general y no me pillo los dedos. O América, claro. Hay que elegir. Otra vez hay que elegir. También puedo decir que nace en Europa y América, jejeje. O el mundo, en el universo conocido. Sí:

“El Modernismo tiene su origen en un conjunto de tendencias artísticas que surgen en los últimos años del siglo XIX en alguna parte del universo conocido”.

Queda muy bien... Pero es una estupidez. Brillante. Estupendo. Propio de un imbécil que no sabe dónde carajo aparece el Modernismo por primera vez. El profesor se va a tronchar cuando lo lea, lo comentará con los otros profesores y seré el hazmerreír del instituto. Mirad lo que me ha puesto el tío este; es para ponerlo en un cartel en el tablón de anuncios.
-Por favor, vayan entregando los ejercicios.
¡Ea, se acabó! ¡Cómo voy a entregar ya si no he contestado! ¡Me lo sé! ¡Puedo aprobar el examen! Solamente se me ha olvidado una cosa, una palabra. Tengo que escribirla. Decisión y riesgo. Ya está. Surgió en América. Mejor. En Latinoamérica. Lo escribí. Ahora se lo entrego y asunto resuelto. Ya no sudo. Uf, menos mal. He conseguido decidirme y me siento, me siento, me siento bien.
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-Oiga, por favor, ¿no me diga que en una hora de examen sólo ha sido usted capaz de escribir que el Modernismo surge en Latinoamérica?
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Notificación de la Comisión de Convivencia del Consejo Escolar

En Sevilla, a 25 de febrero de 2006.

REUNIDA

la Comisión de Convivencia del Centro para resolver el expediente disciplinario abierto al alumno José Luis Trillo García por insultos a un profesor de este Centro al término de un examen, y habiendo esta Comisión desestimado las alegaciones de dicho alumno,

RESOLVEMOS

sancionar con la suspensión del derecho de asistencia a clase por espacio de un mes a contar a partir de la fecha del encabezamiento.

Ana

Se llamaba Ana, y era una señorita.

Después de la toma de Badajoz por la Legión en agosto de 1936, la ciudad se llenó de heridos y Ana -Anita- decidió que era momento de ayudar en la medida de sus posibilidades. Se presentó en uno de los hospitales de campaña y puso sus manos a disposición de quien las necesitase, mirando solamente el sufrimiento y no la filiación del herido. En ese hospital estaba ingresado Rafael, que había perdido un brazo en el asalto.

Rafael era legionario. Siempre me han contado que, cuando vio a Ana, pensó que con esa niña él se habría de casar. También me han contado que Ana no le prestaba más atención que a otros enfermos, que en ningún momento dio pie a que el oficial legionario pensase que había algún futuro para sus deseos.

Pasó el tiempo y Rafael sobrevivió a la amputación de su brazo. Salió del hospital y Ana no supo más de él hasta que acabó la Guerra. Un día del verano de 1940, Rafael llegó al pueblo. Llegó vestido de oficial impecable, cargado de medallas, y llamó a la puerta de la casa de Ana, que ya casi no le recordaba. Me dicen que entró muy ceremonioso, que traía un paquete de café portugués y un poco de aceite, que habló largo tiempo con el padre y que, al final de la tarde, pidió permiso para pasear con la niña por el camino de los cipreses. En el paseo, Rafael pidió a Ana que se casara con él. Y Ana dijo que no, que no lo conocía lo suficiente. Rafael se fue, pero volvió al domingo siguiente, y al siguiente, y uno tras otro, durante casi cuatro meses. En Navidad volvió a pedirle matrimonio y Ana volvió a decir que no. Pero Rafael no parecía dispuesto a renunciar. No sé si serán exageraciones, pero siempre se ha contado en mi familia que el héroe legionario sacó su arma corta y apoyó el cañón sobre su propia frente:

- Si no te casas conmigo, me mato.

Ana acabó casándose con él. Por miedo, porque había pocas salidas para una muchacha en el año 40, por la presión de amigas y familia, porque, total, qué más quieres, si es un héroe de guerra con pensión garantizada. Por lo que sea, incluso porque algo de amor había nacido entre ellos, se casaron en la primavera de 1941.

Tras la boda, el traslado a Sevilla. Adiós a la familia y al entorno. Comienzo del infierno. Rafael era brutal. Jamás le puso una mano encima, es verdad, pero era seco, desconsiderado, despreciativo, egoísta. En poco tiempo nacieron los hijos: uno, otro, otro y otro más. Y el Infierno se fue poblando de gritos, bofetadas y correazos, mientras ella, la que un día fue enfermera de guerra, limpiaba las heridas físicas y morales de sus criaturas.

Los hijos fueron creciendo y las relaciones con el padre empeorando. Rafael parecía pensar que más que un hogar, el suyo era un cuartel en el que gobernaba con mano dura sobre una tropa que parecía rebelarse a la mínima. Y Ana observaba, callada, quizás por miedo a sufrir en carne propia lo que sus hijos varones tenían que soportar a diario, probablemente por no empeorar las cosas aún más, que nadie mejor que ella conocía al hombre que había sido capaz de ganarla gracias a una pistola.

El héroe legionario murió a finales de los 70. Recuerdo haber ido a su funeral y no ver a nadie derramar una lágrima por el difunto. Recuerdo a Ana en silencio, vestida de negro, junto a su hija. Me contaron que tras el entierro Ana volvió a casa y lo primero que hizo fue dirigirse a la vitrina del salón, abrir el cajón de arriba, tomar la pistola de la que un día se sirvió Rafael para arrancarle su palabra de boda, guardarla en una caja y llevarla a una comisaría cercana para que se deshiciesen de ella. Supongo que el día de la muerte de Rafael fue el día de la resurrección de Ana.

Desde entonces la he visto varias veces, siempre preocupada por unos hijos que al poco tiempo acabaron volviendo al hogar, una vez que el tiempo, la vida y la muerte hubieron acabado con el campo de batalla en que lo convirtió el héroe de guerra, caballero legionario.

E lucevan le stelle (Puccini, Tosca)

E lucevan le stelle,
ed olezzava la terra,
stridea l'uscio dell'orto,
e un passo sfiorava la rena...
Entrava ella, fragrante,
mi cadea fra le braccia...

Oh! Dolci baci, o languide carezze,
mentr'io fremente
le belle forme disciogliea dai veli!
Svanì per sempre il sogno mio d'amore...
L'ora è fuggita...
E muoio disperato!
E muoio disperato!
E non ho amato mai tanto la vita! Tanto la vita!

*****

Y brillaban las estrellas,
y olía la tierra,
chirriaba la puerta del huerto,
y unos pasos rozaban la arena...
Entraba ella, fragante,
caía entre mis brazos...

¡Oh, dulces besos! ¡Oh, lánguidas caricias,
mientras yo, tembloroso,
sus bellas formas desataba de sus velos!
Se desvaneció para siempre mi sueño de amor...
La hora ha pasado...
¡Y muero desesperado!
¡Y muero desesperado!
¡Y jamás he amado tanto la vida! ¡Tanto la vida!