Desde hace unos meses estoy yendo al Centro de Salud del pueblo para que me vea el psiquiatra y la psicóloga, porque hay gente por ahí que piensa que estoy majarón y que lo mío no es normal. Desde luego yo estoy de acuerdo con ellos: lo mío no es normal, pero no creo que me falte un tornillo. Igual lo que sucede es que me sobran tornillos, que tengo más chatarra metida en la cabeza que los demás. Todo el mundo sabe el ruido que hace la chatarrería y, sobre todo, lo desagradable que es. Yo creo que es algo así lo que me sucede.

Al principio el médico me mandó unas pastillitas que me tenía que tomar todos los días. También me dijo que debería ir cada semana a charlar con la psicóloga de allí. Una tía muy apañada, la verdad; sobre todo de culo: gloriosa. La lástima es que siempre está sentada y casi no se lo puedo ver, aunque me lo imagino. El Juanma dice que estoy colgado por ella, pero no es verdad; no soy tan idiota como para creer que semejante pibón se dejaría rondar por un niñato como yo. Eso no quita, desde luego, que si se me presenta la más pequeña oportunidad la aprovecharé, porque con estas tías con carrera nunca se sabe, que igual le da morbo motárselo con un medio cani como yo.

Como iba diciendo, desde hace un tiempo ando medicándome para los nervios y recibiendo terapia psicológica. La idea es aprender a controlar mis emociones para poder vivir en sociedad. Eso es lo que me ha dicho mi psico. Yo creo que no es verdad, o no es toda la verdad, al menos. La realidad es que me obligan a esto para lavar las conciencias, porque algo hay que hacer conmigo, que solamente tengo dieciséis años y ya le he complicado la vida a un montón de gente a mí alrededor. No creo que nadie piense que porque me manden unas pastillas que no me tomo la mitad de los días se me van a quitar las ganas de pegarle dos yoyas, por ejemplo, a cualquier tontobabas con el que me cruce por la calle. Yo soy un tío alto y fuerte, y si puedo pegarle una hostia a un tío que se lo merece por capullo, pues se la doy y se acabó. Ya me diréis qué medicina va a evitar que las cosas sean así, siempre y cuando no sea una droga de esas que te tienen planchado del todo. Además, como ya he dicho, no me suelo tomar las pastillas y nadie, ni mi tío ni mis abuelos, me pregunta si lo he hecho, supongo que porque tampoco les interesa demasiado o no creen que sirva para nada. Ya os digo que me parece que lo de llevarme al psiquiatra ha sido más por obligación que por otra cosa, aunque ha tenido la cosa buena de las entrevistas semanales con la psicóloga, que tampoco creo que sirvan para nada que yo no quiera que sirvan, pero, por lo menos, me hacen pasar un buen ratillo.

Las primeras sesiones con mi psico las pasamos charlando de nuestras cosas: ella me contó algunos episodios de su vida y yo hice lo propio con la mía. Desde el principio ella ha parecido estar muy interesada en mis asuntos y en cómo se los cuento, por eso me propuso hace unas semanas que fuera escribiendo lo que me ha pasado o aquello que voy pensando. Para escribir me regaló un diario en blanco la mar de bonito, es verdad, pero un poco mariconcete, cosa que también es verdad.

- Muchas gracias por el regalo, -le dije- pero no pretenderás que lleve este cuaderno por ahí, ¿no?

La tía me contestó que por qué no, y se quedó tan pancha. Estas actitudes perdonavidas son las que me ponen nervioso; como si no fuera evidente para cualquiera que yo no puedo dejar que nadie vea que escribo un diario como una niñita. Puedo llegar a estar de acuerdo con que he de cambiar algo mi forma de ser y de comportarme, pero no creo que se pueda pretender a estas alturas que me convierta en el gilipollas del barrio. Yo ya tengo una historia personal a mis espaldas y puedo reformarme, sí, pero sin dejar de ser quien soy. Todo esto le dije a la del culo maravilloso, pero creo que no lo comprendió:

- Lo que pasa es que no sabes escribir.

Sí sé escribir, que os quede claro a todos. Sé escribir, aunque me cuesta mucho trabajo y tengo bastantes faltas de ortografía. La gente adulta en seguida se monta películas tremendas: pobrecito muchacho, su vida ha sido tan terrible… ¡ni siquiera sabe escribir! Y entonces viene alguien que quiere salvarte –o salvarse así mismo- y se ofrece a enseñarte a leer, a escribir o a cualquier cosa por el estilo. La gente es que ve demasiadas películas y se las cree todas. Pues yo no soy un desgraciado de esos de las películas de institutos marginales americanos y, desde luego, no voy a dejar que nadie, ni esta tía estupenda, venga a enseñarme cosas que ni me van ni me vienen. Yo sé escribir lo suficiente y no se hable más del asunto.

- De acuerdo –me dijo-, perdóname. Si quieres lo que podemos hacer es que, en vez de escribir sobre esto lo puedes dictar y grabarlo en este aparatito.

Y me dio una grabadora pequeñita, pequeñita. Me quedé con la boca abierta. Allí, sobre la mesa, tenía un diario y una grabadora. Yo ya me había puesto como una furia a cuenta del puto cuaderno y me parecía una estupidez hacer lo mismo con la grabadora. Creo que la tía esta traía perfectamente pensada la jugada y había dispuesto sus movimientos y comentarios de manera que dejaran sin sentido mi respuesta. La psico culi-hermosa me había ganado.

- Tómatelo como una medicina. Cuando estés bloqueado o furioso, enciende el aparato y graba lo que se te venga a la cabeza. Si estás aburrido en casa, haz lo mismo. Verás como te ayuda en una situación y en otra.

- ¿Y después que tengo que hacer con lo grabado? –Le pregunté.

- No sé. Lo que te parezca. Si te apetece me lo traes y lo escuchamos juntos, o me lo llevo a casa para oírlo yo sola. Como tú quieras.

- ¿O no te dejo oírlo?

- También es una posibilidad. Me parecerá bien lo que quieras hacer.

Y es que a veces mi psico se pone en un plan que me recuerda a los psicólogos de las series de la tele.

El caso es que desde aquella sesión he estado hablando con la máquina casi todos los días y tengo que reconocer que me gusta, que me gusta mucho. Se lo he contado al Juanma y el muy imbécil me ha dicho que eso es porque la mierda de la grabadora no puede contestarme ni decirme que suelto capulladas por la boca. Igual tiene razón, pero creo que no, porque la verdad es que poca gente me lleva la contraria, unos por miedo y otros porque pasan de mí como de la mierda, igual que yo de ellos.

La semana pasada estuvimos hablando en la terapia del Juanma. La psicóloga me preguntó mucho por él y por nuestra relación.

- Coño, el Juanma y yo no tenemos una relación –le grité-: no somos maricones.

- Claro que no –me respondió-. Me refiero a vuestra amistad.

Y eso sí que tenemos Juanma y yo: amistad. No voy a decir que seamos inseparables porque no sería verdad, pero sí es cierto que siempre hemos sido amigos, desde chiquititos; aunque cada uno lleva su vida de manera muy diferente. Podría decirse que somos amigos en secreto o, mejor, amigos-guadiana.

- Oye, ¿por qué no le pasas a Juanma lo que has estado grabando? –me soltó la mujer de pronto.

- ¿Y para qué? –Le pregunté extrañadísimo.

Para compartir mi vida con otras personas. Al parecer ese es uno de mis problemas, si es que tengo alguno. La tía me comió la cabeza durante un rato sobre lo bueno que es comunicarse con los demás, dejar de ser islas y demás zarandajas. Me dijo que sería muy bueno para mí contarle a alguien las cosas que me pasan por la cabeza, y que ese alguien no tendría por qué ser un médico o un adulto, sino que podría tratarse de alguien en quien yo confiase.

- Yo nada más que confío en el Juanma.

Las cosas se fueron precipitando y de pronto me vi llamando al Juanma desde la misma consulta de la psicóloga para preguntarle si querría oír mis diarreas mentales. Ni que decir tiene que el tío se quedó de lo más sorprendido, pero dijo que bueno, que lo que yo quisiera.

Después de la consulta fui a verle y nos tomamos una cervecilla. Quería explicarle a qué venía todo esto, pero el chaval no me dejó hablar.

- Mira, tío, tú y yo siempre hemos sido amigos. Tú eres una bestia, desde luego, pero siempre te has preocupado por mí, así que ahora que yo puedo hacer algo por ti no voy a negarme.

- Bueno, tampoco te creas que yo estoy deseando que escuches mis paranoias, eh. Son cosas de la psico esta que me ha tocado, que dice que me sentará bien.

Le di al Juanma la grabadora para que se descargase los archivos en su ordenador y así poder escuchar mi historia tranquilamente.

Un par de días más tarde, Juanma me llamó por teléfono y me pidió permiso para escribir en una página de Internet algunas de las cosas que había en la grabadora. Me dijo no sé qué de que le vendría bien para un trabajo que tenía que hacer en el Instituto y que, desde luego, cambiaría algunas cosillas y no diría ni mi nombre, ni el suyo, ni el de nuestro pueblo ni nada que sirviera para identificarnos. Yo lo mandé a tomar por culo y colgué.

Y es que el Juanma sigue siendo un cabrón por muy temprano que se levante.